Las conversaciones que dieron origen a esta app se parecían todas. Una mujer de cuarenta y tantos o cincuenta y pocos se despertaba una mañana siendo una extraña en su propio cuerpo — empapada en sudor por la noche, con la cabeza entre la niebla por la tarde, furiosa por cosas que antes nunca le importaron — e iba a una médica que le tomaba la tensión, le preguntaba por su marido y le explicaba que «eran las hormonas».
Volvía a casa con una receta que nunca pidió y el amable consejo de regresar si empeoraba. Así que volvía a casa, no mejoraba, y empezaba a anotar cosas. La fecha, la hora, lo que había comido, si había dormido. Despierta otra vez de madrugada, por segunda vez hoy. Subrayado, como si subrayar demostrara algo.
Lo que oímos una y otra vez — de amigas, de madres, de mujeres en salas de espera — es que nadie mira esos datos en conjunto. El patrón está ahí. El ánimo sigue al ciclo. Los sofocos se acumulan las noches con vino. La niebla llega la semana de antes. Nada de eso es casualidad. Nada de eso es invención. Son datos — solo que no tenía a quién dárselos.
Así que construimos lo que aquel cuaderno quería ser. Tú registras lo que sientes. La app te enseña lo que significa. Y la próxima vez que te sientes frente a un médico — el tuyo u otro — puedes pasarle una hoja que dice, con claridad: esto es lo que me está pasando. No una sensación. Un hecho.
Ojalá no la necesites. Pero si la necesitas, está en camino.